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NI PREMIOS NI CASTIGOS

Fecha: 27 marzo 2017 Autor: Colectivo Tandem Categorías: Educación, Padres y Madres, Valores 0

Como ya dije en alguna ocasión, los hijos nos enseñan, sólo hay que estar atentos. Por ejemplo, cuando les vemos aprender a andar. ¿Qué padre o madre no recuerda los primeros pasos de su hijo?, ¿o la primera vez que se puso solito de pie agarrado a algún mueble, mirándonos,  orgulloso y sonriente a pesar del esfuerzo por mantener el equilibrio?

Recuerdo a mi hijo cuando todavía no había cumplido un año,  recorriendo el salón usando el sofá para sostenerse de pie, el sofá se acabó y para llegar al siguiente apoyo se enfrentaba a un abismo, a andar sin ninguna ayuda, pensé que se pondría a gatear, pero asombrada pude ver sus primeros pasos sin ayuda. Y desde ese día empezó un sinfín de caídas, pero se levantaba de todas, sin desalentarse.

Los niños y las niñas sólo necesitan seguridad afectiva, espacio y libertad para desarrollarse a nivel motor. Esta es la idea que recoge Emmi Pikler en su libro “Moverse en Libertad”. Esta pediatra austriaca fue, desde 1946 hasta 1979, directora del Instituto Lóczy de Budapest, una institución de acogida para niños huérfanos y abandonados. Creó un sistema educativo basado en el respeto al niño y a la niña, en la que la actitud no intervencionista del adulto favorece su desarrollo autónomo.

Esa motivación innata que tenemos para aprender a andar, para caernos y volvernos a levantar e ir conquistando la autonomía, se extiende a todos los ámbitos del desarrollo, no sólo al desarrollo motor. Los niños quieren aprender y están dispuestos a fallar en el proceso. Pero por una extraña razón, en esta sociedad que vivimos, los niños empiezan a temer fallar o pierden la curiosidad por aprender.

Cuando mi hijo de 7 años me pregunta qué le voy a comprar por terminar la ficha del cole, le contesto que aprender a leer y escribir es tan maravilloso que  ese es el premio. Me acuerdo entonces de mis alumnos y alumnas, cuando me preguntan que si lo que estoy explicando entra en el examen o cuando les propongo un reto en su formación como futuras y futuros profesionales de la educación, y  la mayoría se resisten a dar pasos autónomamente.

¿En qué momento se han desconectado, o les hemos obligado a desconectarse, de esa fuerza tan humana y tan innata que nos permite aprender a andar a pesar de las caídas, sin  más recompensa que la conquista de nuestra autonomía?, ¿en qué momento los premios, y en el peor de los casos el  miedo al castigo, sustituyen a la motivación intrínseca por aprender y desarrollarse?

Es cierto que yo tengo puntualmente mi premio a final de mes, pero no es mi única recompensa. Hubo una época en mi vida que la única razón que tenía para ir a trabajar era el sueldo, estaba a punto de caer en una depresión, pero tuve la suerte de poder cambiar radicalmente de trabajo y disfrutar en él.

¿Qué hago yo con mi hijo o con mis alumnos y alumnas para que no se desconecten de sus intereses, de sus pasiones y sigan creciendo y desarrollándose?

Y como no lo tengo muy claro, una vez más vuelve a la mesita de noche Rebeca Wild, esta vez con su libro “Educar para ser. Vivencias de una escuela activa” en el que se explica a padres y maestros cómo crear un ambiente en el que los niños y niñas crezcan llenos de curiosidad y seguros de sí mismos y de su entorno.

Sé que quedan muchas más cosas por hacer pero… poquito a poco… sin miedo a caerme.

GEMA LARREY
Profesora de Educación Secundaria
Experta en Educación Infantil y Psicomotricidad 
Madre en construcción

 

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